martes, 17 de mayo de 2016

Warning! Entrada deprimente, para almas deprimentes

Estoy convencida de que el Karma me está debiendo un balance positivo; con creces. O tal vez estaré pagando los intereses de algún otro Karma negativo, de alguna persona a la que le habré hecho algún mal, alguna vez. No sé. Probablemente habré lastimado a aquella persona (que está disfrutando de su justa venganza) sin siquiera darme cuenta, conociendo mis <<elevadas>> elevadas.  ¿Será que la sin intención golpea más fuerte? ¿O a cuántas personas habré lastimado en el transcurso de mi corta vida, que se me juntaron todas al mismo tiempo y a la vez? 


Que deprimente es estar desganado para enfrentarse al mundo. Que horrible es este perpetuo desasosiego dominical, que ya me ha invadido el estómago los 7 días de la semana. (Al menos, ahora con Youtube, no corro el riesgo de rayar mi melancólico soundtrack actual).


Pensé que como seres humanos, en verdad teníamos la capacidad de cambiar positivamente si lo deseábamos fervientemente. Pero aparentemente la actitud es más terca y primitiva de lo que imaginaba (y nada tienen que ver los años). Lo único que cambia es la apariencia y nuestras malas mañas por otras peores.  Sepan que el orgullo, los prejuicios, y el sentimentalismo no maduran con la edad; si algo se agudizan las malditas. 


Crecer es tropezarse, levantarse, tropezarse de nuevo, llorar, caerse del todo, no dormir bien,  enterrarse, tratar de arrodillarse, y levantarse de alguna manera milagrosa, para poder seguir caminando.  Crecer es estar consciente de que estamos realmente solos en la vida, para saber aprovechar esos buenos momentos en los que estamos acompañados por un ratico. Crecer es aprender a comunicarse con el mundo real, examen que no hago sigo reprobar y reprobar… 

Así que Karma, esperaré con ansías mi dosis de balance positivo (con intereses a la tasa más alta del mercado).

martes, 26 de enero de 2016

Teoría de la Comodidad

verdad

Del lat. verĭtas, -ātis.

1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente.

2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa.

3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna.

 

Creo que ya logro entender un poco más la naturaleza mitómana del ser humano y esa insistente obsesión por <<tener>> siempre la verdad. No nos mintamos desde ya, todos queremos ser ¡poseedores de la verdad absoluta! Esa que más nos convenga claro, la que nos libere de las responsabilidades y nos otorgue el título de la razón, para darle tranquilidad a nuestra conciencia. Buscamos que la realidad <<oficial>> se nos acomode a nuestra situación, por eso el ser humano no se mosquea en modificarla en aras de que esto suceda. Y es que somos seres imaginativos desde el concebimiento mismo de nuestra existencia. Creamos mil realidades/fantasías desde que empezamos a tener conciencia (aunque yo me atrevería a sugerir que incluso desde antes), y a medida que vamos creciendo alternamos y cambiamos estas realidades según nuestra conveniencia. Ser mentirosos en mayor o menor medida, no está ligado ni a la madurez ni a los años de vida, pues somos mitómanos tercos hasta el último de nuestros días (aunque sigamos negando que es en efecto el último de nuestros días hasta que llega ese instante inevitable que lo contradice todo). No, esta está ligada a nuestra necesidad de callar en mayor o en menor medida, nuestra conciencia.


Las verdades que creamos y apropiamos como realidad de nuestra situación, nos ofrecen la comodidad de pensar que hicimos lo correcto, que nuestro comportamiento era el correcto y que la razón es nuestra por derecho. Nos volvemos autoritarios de la verdad. No en vano, la RAE define la <<verdad>> como conformidad de lo que se dice con lo que se sienteantes de describirla como la propiedad de una cosa (¿idea? ¿Pensamiento?) de mantenerse siempre estática, inmutable. ¿No les parece sencillamente hermoso? Nos entenderíamos mejor, si hiciéramos caso a lo que el diccionario nos describe sobre los conceptos que creemos absolutos. Al final, nosotros nos encargamos de que tan inmutables se vuelvan nuestras verdades, somníferos adictivos para adormecer nuestra mente en las noches cuando estamos solos.

¡Y esta es la verdad de la realidad, he dicho!


sábado, 12 de diciembre de 2015

Versión #.0

Todos vivimos de versiones, de nuestras versiones de los sucesos que nos acontecen; <<Esto fue lo que pasó>>, <<Yo lo viví así>>, <<Así no fueron las cosas, fueron así>> etc. Todos creemos tener la verdad y la razón absoluta, y es que muchas veces (por no decir siempre) es tan difícil ponerse en los zapatos del otro, en el racionamiento del otro. 


El ser humano es la contradicción más grande de la existencia; somos seres supremamente egoístas, pero aun así no podemos vivir sin la compañía y la aprobación de los otros. Que ridiculez. Queremos hacer a todo el mundo pensar y ver lo que cada uno de nosotros dice y ve, y el que no lo hace, pues sencillamente lo anulamos. Lo discriminamos. Lo rechazamos. ¡Ahh! Pero la trama se complica cuando el que no piensa y ve como nosotros, es un ser cercano al que sentimos debe ajustarse a nuestro racionamiento (que obviamente es el ¡absoluto, el único y el correcto!), alimentado por cualquier impulso primitivo y genético que tal vez nunca entendamos. 


Pero como la vida no es blanca y negra si no matizada, se vuelve cada vez más difícil discernir con objetividad la versión real de cualquier acontecimiento. Y la ironía es que al final, realmente no importa quién tenga la verdad absoluta pues la veracidad de cada versión termina siendo oficializada por un jurado externo que, muy humanamente, toma partido con base a sus sentimientos, intereses, capacidades económicas, conveniencias… etc. La historia ya nos lo ha enseñado, la versión que precede siempre será la del lado ganador, que terminamos todos por adoptarla como la versión oficial y veraz. De esta, se desprenderá una ramificación de versiones de la misma, que serán contadas con otra voz, con otro punto de vista, con otro canal, pero sin perder nunca la conclusión o <<aprendizaje>> de la versión del ganador.


Al caer la noche, todos peleamos por hacer valer nuestra versión, una versión egoísta que necesita de la aprobación comunal para poder ser oficializada y nosotros podamos dormir tranquilos. Pero no. Hoy, yo digo “No.” No a la búsqueda de la aceptación social de mi versión. No al circo de la exhibición. Hoy me quedó con mi verdad absoluta para mí sola, y la escribo para que la versión ganadora no la intoxique y la ahogue entre tantos otros olvidos. 

viernes, 10 de julio de 2015

Dejar ser y dejar hacer


Siempre nos (me) han dicho que debemos insistir y nunca desfallecer para alcanzar nuestros deseos, metas etcétera. Lo que no nos dicen (pero ¡por suerte! la vida se encarga de hacérnoslo entender) es que en ocasiones insistir no es bueno, e incluso puede llegar a ser extremadamente estúpido. Insistirle a una pared a punta de insultos verbales que se desintegre, por ejemplo, es fútil y sencillamente estúpido. Insistir en quitar una costra cada vez que la sangre se seca en una herida, es doloroso y visiblemente estúpido. Seguir insistiendo en quitar un panal de abejas con un palo de madera, por ejemplo, es bastante peligroso y estúpido. Insistir, entonces, no siempre es la estrategia más inteligente. Aun así, la pregunta ¿cómo saber cuándo es bueno insistir o no? en situaciones ambiguas, sigue latente en nuestras mentes.  
 
Porque siempre nos damos cuenta de la fina línea del límite, una vez la cruzamos; Ese trago que nos embruteció, ese silencio que estalló, esa frase que nos condenó, esa acción que nos arruinó… Eso que hicimos y no podremos devolver jamás. Esa línea que al momento de cruzar, nos damos cuenta que ya no podemos dar un paso atrás, ganar un minuto atrás, reemplazar una palabra atrás. Solo uno atrás.

¿Hasta qué momento es bueno insistir? ¿Hasta qué punto insistirle a este proceso o persona, se vuelve fútil y estúpido? ¿Doloroso y estúpido? ¿Peligroso y estúpido? ¿Hasta dónde?


martes, 30 de diciembre de 2014

La vida es lo que pasa.

Toda mi vida, uno de mis miedos más grandes había sido defraudar a mis papás. Ja! No puedo decir que nunca me lo advirtieron, pues su consejo más recurrente era: “hija, la vida da muchas vueltas…”

Y nos perdemos ya entrados en los 20’s, con cierto sin sabor en la boca por no haber sido el próximo Mark Zuckerberg o Bill Gates de nuestra época. ¿Qué pasó con el “libertinaje” de la universidad, donde la mayor preocupación era el de no quedar embarazada? Y tus padres te hacen preguntas mudas sobre los premios Nobel que no llegaron y vieron prometidos en el reflejo de tus ojos neonatos. Tus compañeros empiezan a comparar logros y a inflar sus egos. Preguntas como ¿cuánto gana fulano de tal? Y ¿cuántos títulos tienen aquellos? empiezan a formar parte de tu vocabulario vernáculo. Y la adultez de la que tanto nos ufanábamos, se vuelva cada día más real.

Dicen que la adolescencia es dura porque es la época en durante la cual defines tu carácter…y yo me pregunto, ¿qué hay de la época en dónde te obligan a definir quién vas hacer para el resto de tu vida? ¿Dónde te presionan a escoger la “mejor” vida posible pensada para ti? Y empiezas a caminar en cascaras de huevos quebrado, porque todo se va a la mierda en el momento en que tropiezas y coincides con las declaraciones ‘flotantes’ que insisten en afirmar que eres tu peor versión posible. 

Y es en ese momento cuando entras a la pelea más épica de tu vida; cuando decides quién va a definir el rumbo de tu vida, si al final, decides volver las declaraciones en interrogantes o en hechos reales. Porque “hija, la vida da muchas vueltas…” y eso siempre hay que tenerlo en cuenta.


viernes, 2 de mayo de 2014

Desde el otro lado del espejo.


Es hasta cómico que me encuentre en un punto de mi vida dónde tengo que crecer y para esta ocasión tan especial, mi mente haya decidido retroceder más o menos una década de madurez y experiencia bien ganada.

Siempre juzgamos a todos los demás, pero nunca nos atrevemos a llevar a la corte a quién nos mira del otro lado del espejo. ¿Hasta qué punto somos “the better person”? ¿Por qué siempre guardamos nuestra mejor versión para los otros, pero nunca para nosotros?  Pero más importante aún, ¿de dónde sacamos la desfachatez y el derecho de criticar y opinar sobre los comportamientos del otro, cuando nosotros rara vez analizamos los propios?

No nos digamos mentiras, siempre encontramos la justificación perfecta para esconder nuestras acciones detrás de cualquier excusa “perfecta”, pero nunca le damos esa opción a los demás cuando llega su turno. Se dice que nosotros mismos somos nuestro más duro crítico, pero yo me opongo a esa teoría general e hipócrita. Porque sólo lo somos cuando sabemos que nos conviene ser críticos con nosotros mismo, cuando vemos cierta ganancia en el proceso, pero nunca cuando realmente tenemos que serlo. Saber vivir bien, es saber asumir responsabilidades y actuar a la altura de estas. Lástima que suene tan bonito en letras, pero no lo sea tanto a la hora de aplicarlo al ejercicio real. Palabras como “estrés” y “escepticismo laboral” empiezan a aparecer en nuestro vocabulario. Comenzamos a entender la “imposibilidad de los cielos” y la inmensidad de la existencia como tal.

¿Hasta qué punto es válido tirar la toalla? Hasta qué punto podemos decir que nos rendimos, que no queremos más de “esto”, y simplemente salir corriendo a buscar un útero cualquiera para poder escondernos del mundo real…. ?En mi caso, siempre ha habido algo de autodestrucción-Sedgwickeano que no ha hecho sino acrecentarse con mi padecimiento de adultez. Mi refugio, mi útero facilista y mi “excusa perfecta” cuando tengo que confrontarme a situaciones que me apetecen difíciles e inmanejables. Por lo menos he aprendido que ni la vida misma te va a responder qué tanto valés, si no sos capaz de valerte por ti mismo. Aun así, seguiré preguntándome hasta qué punto valgo la pena, esperándo al respuesta en las acciones de los otros hacía mi. Ja.

La ironía, querido lector, es que a pesar de tener un trabajo respetable, un título profesional y tener ese respeto mudo que se denomina como “valerse por sí misma”, mis sobrinos de 4 y 6 años son infinitamente más maduros que yo.

Ahora sí pregúnteme, hasta qué punto soy “the better person”? 



Rene Magritte

martes, 8 de abril de 2014

Des-entrañando / Des-materializando lo cliché del "amor"

Siempre me he preguntado que habría pasado si hubiéramos crecido en una sociedad, donde el concepto filosófico que conocemos detrás de la palabra “amor” fuera otra.

¿Quién dictaminó que para estar enamorado hay que sentirse de cierta manera y cumplir con ciertos estándares sociales? ¿o es que creemos que la miradas no mienten también? ¿o que la palabras “Te Amo” tienen cierto poder legendario que impiden ser dichas si no se sienten realmente?

Nos han vendido la idea de que el amor es monógamo, que uno sólo puede enamorarse pasionalmente una vez en la vida y de una persona nada más. Y cuando lo haces debes sentirte de esta y esta manera, y actuar irracionalmente de esta otra o si no, no es realmente “Amor”.

¿Qué hubiera pasado si nos hubieran metido otra idea sobre lo que es esto que llamamos “amor”?  ¿Qué tal que el amor sólo dure por un tiempo y fuera indispensable cambiar de pareja? ¿Las mujeres tendríamos más poder y auto respeto? ¿O serían los hombres los del autocontrol? De por sí, el concepto que tenemos actualmente sobre este sentimiento, es totalmente diferente al que vivieron nuestros padres, y a su vez los suyos y así sucesivamente. Pero igual, todos se fundamentan en el mismo significado trascendental, sobre lo que es el “amor”.

Pero…¿Y qué si la persona que estandarizó el sentimiento de “Amor” como lo conocemos hoy,  estaba simplemente loca y obsesionada por un alguien?  ¿Quién puede decir que lo que creemos que sentimos al estar enamorados, no es más que una locura autoinducida, incentivada por la ciega y fanática promulgación de una experiencia  milenaria (y probablemente enfermiza) de un fulano? ¿Qué pasaría si descubriéramos que hemos actuado como locos ¡por milenios! sin fundamento? ¿Y que todo los sufrimientos y las grandes historias firmadas de sangre, lágrimas y amor pasional, se dieron a partir de la psicosis de un sin nombre prehistórico, que algunos terminaron por difundirnos?

¿Quién me puede negar que lo que este sintiendo ahora, ya sea que siga o no ciertos - o todos- los parámetros socialmente establecidos, no es más que una locura heredada? ¿Un sentimiento prestado? Todavía puedo optar por vivir en una eterna (pero débil) negación.  Rechazar cualquier reacción química o quimérica de mi cuerpo, y controlar mi compostura. Aferrarme a una teoría igual de absurda a lo que entendemos por “amor”, y vendarme los ojos antes de caer al vacío. Esperando que el hecho de no poder sacarte de mi cabeza, sea más que una banal obsesión.


Y al final, todos tenemos cadenas que van más allá de nuestro entendimiento. Que nos determinan según los estándares de tiempos ya perdidos en el propio tiempo.